Thursday, June 14, 2012

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Videos del evento filmados y editados por Martha Limia a quien le agradecemos el generoso gesto de compartirlos:

César Reynel Aguilera: hermandades de ultramar

Hermandades de ultramar


César Reynel Aguilera

Para T. y C.

Empiezo a escribir este texto en la gran isla de Abaco, una de las tantas que pueblan el archipiélago de Las Bahamas.
Dentro de unos días nos reuniremos, allá en Nueva York, un grupo de escritores cubanos para conversar sobre la distancia y el tiempo en nuestra literatura, o sea, en nuestras vidas.
Francisco García González vive en Kingston —Canadá—; Emilio García Montiel vive en Miami; Alexis Romay vive en Nueva Jersey y yo, que tengo domicilio legal en Montreal, estoy ahora sentado aquí, en una terraza  de Treasure Cay, en Las Bahamas, cuando me entra un correo de Enrique del Risco preguntándome, desde Nueva York, por el título de mi conferencia.
Tomo nota: Distancia, tiempo, literatura y Cuba. Tomo nota y tengo que ir al mercado —hoy me toca cocinar—. En el camino me sorprende una casa que hace esquina. Las paredes de cada costado muestran unas placas con nombres de calles que nunca han existido en la gran isla de Abaco, en una de las placas reza: Galiano, y en la otra: San Rafael, la esquina del pecado. La foto la perdí; pero la imagen quedará para recordarme que los cubanos hemos conquistado, de una forma humana e imperfecta, algo muy parecido al don de la ubicuidad.
Distancia, tiempo, literatura, Cuba y ubicuidad. Tomo notas y vuelvo a mirar al mar. Es Historia aceptada que los habitantes de Abaco vivieron durante mucho tiempo de rapiñar naufragios. Cualquier mapa enseña que esa es una de las islas de Las Bahamas que está más cerca del Atlántico. Los barcos venían del alto a toda vela, le entraban confiados a los bajíos y se descuadernaban para convertirse en industria. Los habitantes de la isla (¿abaquenses?), conocedores de corrientes y arrecifes, se encargaban de sacarlo todo; de recuperar y “guardar” desde el ancla hasta la rondana del palo mayor, desde el mascarón de proa hasta los ornamentos de popa. De eso vivieron durante mucho tiempo.
Esa industria llegó a ser tan productiva que cuando la corona inglesa decidió construir un faro, en la isla de Abaco, casi todos los habitantes se opusieron activamente a la idea. Los sabotajes fueron tantos y de tal magnitud que tomó varias décadas, bajo protección militar, poder culminar la empresa. Después de inaugurado el Faro, sin embargo, la gente aprendió a crear luces falsas que guiaban a los barcos hacia los bajíos más convenientes, y así siguieron viviendo de rapiñar naufragios.            
Miro al mar. Cuba es dos Morros con siglos de honestidad. Esa idea  de ser Faro vino después; antes fuimos eso que siempre seremos: un cruce de caminos. Un punto por el que tenían que pasar casi todos los barcos que iban o venían hacia Las Américas. Un nodo y un nudo que fue tejiendo —a puntadas y bordadas— una cultura hecha de velas que llegaban en caravanas y dejaban, en los puertos de La Habana y Santiago de Cuba, algo más que mercancías: dejaban noticias, ideas, palabras, sonidos, religiones, esperanzas y nostalgia... mucha nostalgia.
La mayoría de las personas que llegaron a Cuba en esos barcos lo hicieron en busca de fortuna. Esa es, quizás, una de nuestras grandes diferencias con Las Bahamas, un país que debe una buena parte de su hechura a aquellos colonos ingleses que fueron leales a la corona y, en consecuencia, tuvieron que salir huyendo del territorio americano a raíz del triunfo de la Revolución de las trece colonias. Para ellos el regreso era una pesadilla, para los que llegaban a Cuba, sin embargo, el regreso siempre fue un sueño.      
Muchos de esos soñadores fueron de un origen que hoy llamamos “español”, pero que en realidad nunca dejaron de reconocerse, algunos todavía lo hacen, como furibundamente asturianos, gallegos, catalanes o vascos. A esa masa predominante de “españoles” se sumaron chinos, irlandeses, ingleses y, con el tiempo, norteamericanos y rusos. Todos marcados por el regreso, todos marcados, a pesar de los siglos que los separan, por ese mirar al mar como a un espejo de paciencia, por esa forma de contar el tiempo en años, meses y días para un retorno que casi nunca sucedió, todos convertidos en nuestra primera hermandad de ultramar. 
Durante siglos, también, llegaron barcos cargados de esclavos africanos, una masa de hombres y mujeres que al igual que sus captores nunca dejó de mirar hacia ese mar que los separó de la tierra donde habían nacido. Y fue ese deseo espiritual, esas preguntas de ¿cómo estará eso, cómo estarán aquellos que dejamos allá, allende los mares?, o ¿cuándo viajaré a mi semilla? la que hermanó —a pesar de leguas y siglos de distancia—, desde el mismo inicio de nuestra nacionalidad, a los negros con sus dueños, a los oprimidos con sus opresores, a los poderosos con aquellos que un día los derrotarían, y a los racistas con la sangre futura y mezclada de unos nietos que después harían nación.       
Con el surgimiento de esa nacionalidad surgió, claro está, una forma de castigo que dio lugar a nuestra tercera hermandad de ultramar. Me refiero al destierro, y a esa variante ligera que hoy llamamos exilio. Pienso en Heredia buscando a Cuba en cada piedra, en cada árbol, y en cada despeñadero de agua que pudiera recordarle las crestas blancas y saladas de su mar; pienso en Martí conspirando para acortar la distancia y el tiempo de su retorno; en Carpentier, más cobarde que una ardilla, metaforizando ese retorno al único sitio donde se sintió seguro en su vida: el vientre de su madre; y pienso en Cabrera Infante declarándose muerto e inmortal en La Habana de un niño que ya nunca regresaría.
Siglos conectados por una misma hebra y un mismo nudo en la garganta. Distancia y tiempo borrados en una cuarta hermandad, esa hecha de varias generaciones de hombres y mujeres que por bien o mal que vivieran fuera de Cuba nunca dejaron de soñar —luchar, exigir, suplicar— sus regresos. Siglos de hijos criados hablando un español perfecto —para cuando regresemos— y de un mismo brindis en Navidad: El año que viene en Cuba. Porque la Nochebuena es, ya sabemos, un renacer.
En Abril de 1980 cortamos ancla y la isla, como un papalote, quedó a la deriva o al pairo, se fue a bolina. Los marielitos marcaron el inicio de nuestra quinta hermandad de ultramar. La de una generación pintada con lemas como “el último que apague el Morro”, “para atrás ni para tomar impulso”, y “a partir de aquí, por suerte, ya no hay regreso”. Distancia y tiempo contados como amuletos de un nunca jamás regresar, copas levantadas cada año para celebrar la partida, el renacer, la felicidad. Porque ¿quién carajos quiere vivir en el infierno? ¿A quién se le ocurre habitar un palacio de blanquísimas mofetas? ¿Quién puede ser feliz en una Cuba que se parece tanto a uno de esos asilos que en inglés llamamos “boarding home”? ¿Hogar de embarque? ¿Casa de abordaje? ¿Con sable en la boca y tibias cruzadas en la frente? No, gracias, ya nos consta que la muerte en vida es una nada cotidiana, y que de un país sin salidas de emergencia se escapa quemando las naves. Generaciones conectadas por un laberinto sin hilos; por un deambular desde Arenas hasta Zoé, por un regreso desde Romay hasta Victoria y Rosales.
Necesito pensar que hay una sexta hermandad de ultramar. Acaricio la idea de que muchos de los que nos reuniremos en Nueva York, dentro de unos días, formamos parte de ese grupo. Una generación literaria que por razones puramente biológicas tendrá, en algún momento, la opción de un regreso que casi ninguno de nosotros, creo, decidirá ejercer. Porque nunca olvidaremos que escapamos del infierno, porque ya tenemos nuestras vidas hechas aquí, porque no nos anima ninguna revancha ni triunfalismo alguno, porque no existimos en la realidad.
Somos virtuales, estamos hechos de palabras e ideas que sólo cristalizan en algo medianamente tangible cuando los desmanes del castrismo logran sacarnos de nuestras vidas reales, de nuestras luchas por las defensas de las mujeres o los homosexuales, de nuestras empresas en quiebra, de nuestras bodas y divorcios, de las tareas de nuestros hijos, de los libros que estamos escribiendo, del barro que pensamos hornear o del plato que queremos cocinar, de nuestras fiestas y cumbanchas, y de nuestros compromisos con los demócratas, con los republicanos, con los liberales, los conservadores, con Amnistía Internacional, África y el Sursum corda.
Sólo los desmanes del castrismo logran detener nuestros relojes y hacernos confluir, a pesar de las enormes distancias que nos separan, en algo medianamente cercano a una entidad real. Cuando eso sucede recordamos que hay un país encallado en el tiempo, un barco llamado Cuba que nuestros padres creyeron faro y terminaron convirtiendo en naufragio. Una tripulación de once millones de cubanos atrapados, como lo estuvimos nosotros, en una pesadilla indecible, en un infierno indemostrable. Cubanos desesperados por saltar sobre la borda, cubanos acostumbrados a la calma chicha o luchando por desencallar, lo mismo da. Para todos y cada uno de ellos sólo tenemos un hilo de palabras lanzadas como un cabo de luz.
Luces hechas de candiles y antorchas, de fósforos en aguacero, de algún que otro quinqué y de chismosas, muchas chismosas. Luces que juntas alumbrarían más que un faro, pero no necesitan hacerlo, porque no hay camino a señalar, porque para un barco varado en el tiempo hay un único mensaje posible: la vida es boga en el mar abierto y brutal de la realidad, el resto es morir respirando.
Termino de escribir el primer borrador de este texto y ya es de noche aquí en Las Bahamas. Allá abajo en la playa acaba de terminar una boda. Los novios encienden lámparas de papel y las dejan flotar sobre sus manos, ríen y las sueltan al vuelo. Son guirnaldas que elevan sus sueños al cielo.

Monday, June 11, 2012

Ernesto Menéndez Conde: Un museo imaginario

Un resumen de la ponencia del crítico de arte y editor de la revista Art Experience: New York City Ernesto Menéndez Conde:



Un museo imaginario


El título de este panel, Arte cubano en Nueva York, me hizo pensar inmediatamente en una exposición colectiva. Un poco más tarde caí en la cuenta de que también merecía ser el tema de algún proyecto de investigación. Hasta donde tengo referencias, no existe ni una ni otra cosa, si uno descuenta la tesis de licenciatura en Historia del Arte de la Universidad, del ahora curador Elvis Fuentes, fechada en 1998 y dedicada al caribeño en Nueva York. El hecho de que tanto la muestra colectiva, como el proyecto de investigación pertenezcan al dominio de lo imaginario resulta bastante sorprendente, si se tiene en cuenta la fecundidad de Nueva York como sede del arte cubano.

 Tania Bruguera, Immigrant Movement International, 2011-2015
No sé si tenga algún sentido, pero si hoy tuviésemos que definir qué es lo cubano, entonces tendríamos que convenir en que, cualquiera que sea la respuesta, es algo que trasciende las fronteras de la isla, con núcleos más o menos fuertes en ciudades como Barcelona, París, Ciudad México, Caracas, Miami y desde luego La Habana. Entre todos esos centros culturales Nueva York ofrece una pluralidad como la que no pudiera encontrarse en ningún otro sitio del planeta. Pensemos que el arte cubano en la ciudad incluiría a artistas como Bedia y Carlos Garaicoa, Tomás Sánchez y Los Carpinteros, Carlos Rodríguez Cárdenas y José Ángel Toirac, Luis Mallo y Yoan Capote. Incluso habría que mencionar al curador y crítico de arte Gerardo Mosquera. Es decir, no habría manera de sustentar las divisiones entre los que residen dentro y fuera de Cuba, como tampoco serían muy claras las diferencias ideológicas. Por otro lado habría que incluir a creadores cubano-americanos como Coco Fusco, Teresita Fernández, Luis Gisperg y Caridad Sola; por no mencionar a Ana Mendieta, Felix González-Torres y Andrés Serrano, que son figuras que ya pertenecen a la historia del arte contemporáneo.
Coco Fusco, Bare life, 2005


De un modo muy general –y aquí sólo sería posible una aproximación muy básica- la presencia del arte cubano en Nueva York podría verse como la conjunción de tres importantes rasgos. El primero es la inmigración. El segundo los intercambios culturales con Cuba y, finalmente, la influencia de contexto artístico que la ciudad ha ejercido sobre los creadores.
 Luis Mayo, In Camera, 2007

El triunfo de la Revolución Cubana coincidió históricamente con el declinar del expresionismo abstracto y el triunfo del Pop art, la aparición de los happenings, el hard-edge y algunas otras vertientes que supusieron una ruptura con la tradición vanguardista. Junto a estos cambios culturales, el ascenso al poder del gobierno revolucionario de 1959 creó una comunidad de artistas exiliados. Muchos de ellos se establecieron en la Gran Manzana.
 Caridad Sola, Looking for Mr. Right, 2010

Dando un salto hacia el presente, la presencia de los emigrantes puede apreciarse en las generaciones de cubano-americanos que se han formado en Nueva York o que en la actualidad realizan sus obras en la ciudad. En ellos, el problema de la búsqueda de una identidad perdida es un motivo fundamental. Atraviesa la obra de creadores tan disímiles como Ernesto Pujol, Caridad Sola y Coco Fusco. Junto a los cubano-americanos tendríamos a los que emigraron de Cuba, a partir de 1959. Varias hornadas de artistas han pasado por Nueva York, comenzando en los años sesenta, cuando Emilio Sánchez, Carmen Herrera, Luis Azaceta y muchos otros que se establecieron en la ciudad. Luego le seguirían muchos otros creadores, entre los que sobresalen Ana Mendieta, Félix González-Torres y Ernesto Pujol que tuvieron una participación muy activa en el panorama artístico de la ciudad, entre años los setenta y los noventa. Finalmente, una nueva oleada, comenzando por Florencio Gelabert y terminando por Pavel Acosta, de artistas que se formaron en Cuba. Son creadores que participaron en las orientaciones artísticas que se iniciaron con Volumen I y que conservan muchas de las concepciones estéticas bajo las que se formaron en el entorno artístico habanero.
 Carlos Cardenas, Cruise South Beach, 2006

Luego, estarían las exposiciones de artistas promovidos por instituciones cubanas o por centros culturales que tienen interés en creadores que residen en la Isla, muchas veces desestimando a los autores que trabajan desde el exilio o que de forma manifiesta han declarado su adversión al gobierno de los hermanos Castro. La primera de esas organizaciones fue el Center for Cuban Studies, fundado por Sandra Levinson en 1972 y que inicialmente se dedicó a comercializar el “cartel revolucionario” y la pintura naif. Como es perfectamente conocido, Levinson ha sido una incondicional del régimen cubano. Pero no puede decirse lo mismo de otros artistas que han expuesto en la ciudad, como Los Carpinteros, Carlos Garaicoa, Yoan Capote y todo un grupo de artistas, incluidos figuras no tan conocidas como José Luis Fariñas y Arnolkis Turro. Kcho es posiblemente uno de los pocos que ha expresado una abierta adhesión al gobierno cubano y aun así su propia obra, relacionada con los balseros y la inmigración ilegal, parece estar en conflicto con dichas simpatías.
 Gispert, Red Blasterettes, 2004


He mencionado demasiados nombres y temo que alguien no muy familiarizado con el tema pueda sentirse un poco abrumado. Ojalá que haya conseguido transmitir la idea de cuán fascinante podría ser una historia del arte cubano en Nueva York, con sus dramas de la identidades perdidas, sus intercambios culturales, sus tensas visiones ideológicas y sus concepciones estéticas, herederas, en no pocos casos, del contexto artístico cubano. Me gustaría insistir en esta singularidad, apenas explorada, de Nueva York donde confluyen artistas con formaciones culturales diversas, que trabajan desde contextos distintos. Ni La Habana, ni Miami, ni ninguna otra ciudad podrían exhibir tal diversidad.  Desde el punto de vista de lo museable –entendido como un archivo histórico y también como espacio abierto al presente-esto es algo excepcional.
Claudia Paneca, Intuigrams Notebook, 2010 

Un museo de arte cubano en Nueva York, con el consiguiente cuerpo de investigaciones y de proyectos curatoriales que pudiera desarrollar, no existe hasta el momento. Habría primeramente que suprimir todas las barreras que desde el punto de vista institucional y financiero, enfrentan innecesariamente y de manera artificial, a los artistas cubanos del exilio y a los que conservan lazos con la Isla. En esto Killing Time, proyecto curatorial de Elvis Fuentes y Villalonga, puede verse como un punto de partida. Luego han existido otras exposiciones que han integrado a artistas del exilio junto a otros que todavía residen en Cuba. Tal es el caso de Queloide y Ajiaco, precedida de una muestra más modesta, como lo fue Tenía que ser negro (2001) organizada por Alexis Romay, entre muy pocas otras. Es muy interesante que el problema racial haya propiciado este tipo de eventos conjuntos. Y no cabe duda de que son iniciativas a seguir. Es probable que los creadores cubanos tengan muchas otras cosas que compartir, además de la identidad racial.

Discurso inaugural


Discurso inaugural pronunciado por el coordinador del evento Enrique Del Risco:


Este evento es resultado de la perseverancia de varias tradiciones cubanas. Una de ellas tuvo comienzo en diciembre de 1823 cuando por diferentes vías pero idénticas razones llegaron a esta ciudad el poeta José María Heredia y el profesor y escritor Padre Félix Varela. Fue esa la fecha y este el lugar de la extensa tradición de la emigración cubana que continuarían figuras como Cirilo Villaverde, José Martí, Ignacio Cervantes, Enrique José Varona, Pablo de la Torriente Brau o Reinaldo Arenas por solo hablar de algunos de los más prominentes creadores muertos que se refugiaron alguna vez aquí. En Nueva York se creó la bandera nacional, la gran novela fundacional cubana, el Partido Revolucionario Cubano y hasta la idea de la Revolución Cubana como ente intemporal y trascendente. Un evento como este serviría para recordarnos cierta constante de la nacionalidad cubana: se trata de una nación forjada fuera de su propio espacio geográfico, insistentemente extraña a sí misma, un país platónico que en su versión material no es más que la sombra de un arquetipo creado en estas latitudes. Así nos va, dirá alguno.
Debe recordarse que, extrañamientos aparte, el exilio ha sido tan extenso y fecundo como la nación misma y los cubanos, de tanto persistir en el éxodo, –ante la extrañeza de muchos que del destierro tienen una visión más bien plañidera- lo asumimos con frecuencia más como posibilidad de existencia real que como castigo. El destierro puede así ser visto por un cubano como simple regreso a los orígenes de su identidad, como un reencuentro consigo mismo. “Aquí no somos desterrados sino fundadores” dijo alguna vez el ubicuo Martí con su habitual entusiasmo bíblico. Puede pensarse que tras tantos exilios sucesivos no queda mucho que fundar pero con el tejido de naciones como Cuba ocurre como con aquél en que se empeñaba Penélope: lo que se teje de día se deshilacha de noche.  
Sin embargo, ninguna tradición, por sostenida que sea, alcanzará para darnos sentido como individuos y el exilio no nos deja otra opción que, separados de nuestros involuntarios orígenes, reconocernos y realizarnos como tales. Pero todo este esfuerzo no debe ocultarnos que ninguna tradición nacional conseguirá redimirnos del todo como individuos. “Quizás el mayor valor y mayor función de los exiliados” decía un célebre desterrado, el poeta ruso Joseph Brodsky, “descansa en ser involuntarias encarnaciones de la descorazonadora idea de que un hombre liberado no es un hombre libre, que la liberación sólo es un medio de obtener libertad y no es sinónimo de esta. Esto subraya la extensión del daño que puede ser hecho a las especies y podemos sentirnos orgullosos de desempeñar este papel. Sin embargo, si queremos jugar un papel mayor, el papel de hombre libre, entonces debemos ser capaces de aceptar –o al menos imitar- la manera en la cual un hombre libre fracasa. Un hombre libre, cuando fracasa, no culpa a nadie.
No obstante esperamos que este evento no fracase y no tener que culpar siquiera a nosotros mismos. Y esa esperanza no parece inalcanzable porque este coloquio es encarnación de otras dos tradiciones cubanas más profundas y antiguas que el exilio: me refiero a la amistad y la improvisación. Solo ellas lo han hecho posible. Esperemos que la primera de estas tradiciones ayude a hacer más leves los inconvenientes de la segunda y que esfuerzos como este sirvan para refundar la nación dentro o fuera de las convenciones de su  geografía.
(Quisiéramos agradecerles a Noelia Sánchez y a José Reyes secretaria y administrador la colaboración brindada en la organización del evento. Al caricaturista Garrincha el diseño del cartel y el programa del coloquio y a María Pérez, de Cuba Art New York (CANY), por los fondos aportados para hacer posible este coloquio).

Cuba por fuera



El pasado viernes 8 de junio del 2012 se celebró el coloquio Cuba por fuera/ Cuba Inside Out compuesto en tres paneles: “Ciberactivismo y cultura en las relaciones entre la sociedad civil y la diáspora”, “Arte Cubano en Nueva York” y “Distancia y tiempo en la literatura cubana actual” con resultados más que satisfactorios tanto por la calidad de las ponencias, la asistencia del público y una respuesta fervorosa por parte de este. Una experiencia de la que todos los participantes consultados desean que se repita pese a que el desarrollo del coloquio estuvo marcado por más de un contratiempo. El primero de ellos fue la inasistencia del escritor y guionista Francisco García González, encargado del panel de cine por no haber recibido la visa en tiempo de la embajada norteamericana en Ottawa. El evento comenzó tarde y hubo algún contratiempo técnico que lo retrasó aún más pero el público asistente resistió con paciencia y buen ánimo hasta el final. Nuestro agradecimiento a todos los que contribuyeron a su éxito.
Invitamos a los participantes a compartir sus experiencias.
A continuación el programa del evento en su versión definitiva:

Panel 1: Ciberactivismo y cultura en las relaciones entre la sociedad civil y la diáspora. (2:00 pm- 3:00 pm)
Coordinadora: Isbel Alba (Montreal), especialista en patrimonio, blogger y activista. Blogs:  Chez Isabella; OZT: "Los caminos del Ciberactivismo y la construcción de espacios públicos: De la Cuba virtual a la real".

Ponentes:

Aurora Morera (Montreal), periodista  y traductora, administradora de la plataforma Voces Cubanas: "Voces Cubanas: Génesis de la Red Ciudadana". 

Verónica Cervera  (Miami), blogger y activista. Blogs: Evidencias Cubanas;  OZT; Cocina al minuto con comida"Silencios y Evidencias: de las violaciones del sistema migratorio cubano a la alegría de la cocina". 

Ted Henken (New York), profesor Baruch College, blogger. Blog: El Yuma"El trabajo voluntario ha muerto (¡que viva!): Crowdsourcing y las redes de apoyo para el periodismo ciudadano en Cuba".

Panel 2: Arte Cubano en Nueva York (3:10 pm – 4:25 pm)

Lisset Martínez Herryman (Nueva York) historiadora de arte y curadora: Nueva York y la vanguardia cubana
Ernesto Menéndez –Conde (Nueva York), crítico de arte y editor de Art Experience NYC: “Arte Cubano en Nueva York: un museo imaginario”
Armando Mariño (Nueva York), artista visual: Recent Paintings from the Year of the Protester”
Yuneikys Villalonga (Guttenberg, NJ), historiadora del arte y curadora:  “De ‘Waiting List’ a ‘Killing Time’"
Geandy Pavón (Guttenberg, NJ), artista visual: “Némesis o el vánitas político”

Panel 3: Distancia y tiempo en la literatura cubana actual. (4:35 pm- 5:50 pm)
César Reynel Aguilera (Montreal) escritor: “Cuba como hermandad ultramarina”
Alexis Romay (Montclair), escritor y editor: “El arte de las fugas”
Emilio García Montiel (Miami), poeta: “Garbanzos y República: disoluciones y dispersiones” 
Enrique Del Risco (West New York, NJ), escritor: “Meter a Cuba en el Hudson”